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España

"Pequeño Nicolás", paradigma de España

Francisco Nicolás Gómez-Iglesias es el nombre completo del llamado "pequeño Nicolás", un personaje curioso que ha saltado a la actualidad por su omnipresencia en los círculos del poder. Todavía son necesarias muchas explicaciones, pero el "pequeño Nicolás" no deja de ser un ejemplo de lo que es la política nacional                                                

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El "pequeño Nicolás" en el besamanos de la coronación de Felipe VI




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La democracia cuestionada

La Transición estableció en España un régimen democrática que partía de unos supuestos posteriormente inamovibles. Sus imperfecciones hacen que, ante los fallos reales, muchos ciudadanos identifiquen la democracia como un mal sistema, en vez de cuestionar la autenticidad del sistema establecido                                                

Manifestación en Madrid reclamando otra democracia
Manifestación en Madrid reclamando otra democracia




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¿Psicópatas en el poder?

Son muy difíciles de entender algunas de las cosas que soportamos en esta sociedad. A nadie se le ocurriría hoy montar en un avión sabiendo que el piloto no ha pasado por exámenes psicológicos periódicos que aseguren un mínimo de higiene mental en personas en las que se confían tantas vidas. O ponerse en manos de un cirujano en una operación delicada sin contar con la esperanza de que su comportamiento está bajo control y supervisión. 

Sin embargo, nada se esto se requiere o se reclama cuando se trata de un político. No es ya solo que lleguen a ocupar sus cargos sin contar, en la mayor parte de los casos, con cualificación académica o profesional, sino que ni siquiera nos preocupamos lo más mínimo por el estado mental de estas personas de las que tanto dependen nuestro futuro y el de nuestros hijos.
Psicópatas en el poder
Malnutrición infantil, en un 
fotograma de un vídeo de la ONG Educo

Los expertos no se cansan de advertirnos, con estudios y datos, que en lo más profundo de nuestra sociedad anidan los psicópatas, esos individuos incapaces de sentir empatía hacia sus semejantes. Son lo que el Doctor en Psicología Vicente Garrido denomina en su libro “El psicópata”, camaleones, porque se camuflan entre las personas que conocemos y, por sus mismos instintos de dominación y poder, procuran alzarse con puestos privilegiados entre la élite.

Dejando al margen ejemplos tan extremos de personajes tan eminentemente insanos como Hitler o tantos dictadores como a cada uno se le puedan ocurrir, existen comportamientos y patrones más cotidianos que no deberían dejar de inquietarnos.

En España, donde una política de brutales recortes públicos han sumido a una importante parte de la ciudadanía en una situación desesperada, donde según instituciones independientes y políticamente neutrales, como Cáritas, existen hasta dos millones de niños que no cuentan con la nutrición adecuada (que pasan hambre, dejándonos de eufemismos), un periodista preguntó hace tiempo al Presidente del Gobierno si podía dormir bien por las noches. “Perfectamente”, fue su respuesta, convencido de que él hace lo que debe y si la realidad se obstina en demostrar que la ciudadanía empeora sus condiciones de vida, es problema de esa tozuda realidad, no suyo.

Duerme perfectamente… ¿no les parece preocupante? A mí, francamente, sí.
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Una reforma electoral sin consenso es una forma más de golpe de Estado

Acostumbrados como estamos a poner esa etiqueta de golpe de Estado a los movimientos de botas y fusiles que amenazan a la democracia, no nos damos cuenta de que,  a veces, dentro del juego de la propia democracia se mueven poderes que promueven situaciones paralelas. Sobre todo, cuando se produce la tiranía de las mayorías absolutas. Es el caso de la España actual -q ue atraviesa una profunda crisis de credibilidad de los partidos tradicionales-, donde el partido de Gobierno usa mayoría de manera más absolutista que absoluta. La última ocurrencia, a menos de un año vista de las elecciones municipales (mayo de 2015), es cambiar la ley electoral, de manera unilateral, sin que se vislumbre el más mínimo acuerdo con la oposición, para dotar a la lista más votada de una mayoría ficticia suficiente que le permita nombrar Alcalde. 


Urna transparente para el voto en las elecciones presidenciales francesas de 2007, By Rama (Own work) [CC-BY-SA-2.0-fr (http://creativecommons.org/licenses/by-sa/2.0/fr/deed.en)], via Wikimedia Commons
Urna electoral
La maniobra ha levantado las lógicas suspicacias en todo el arco parlamentario de la oposición. Y no es extraño, porque el apresurado proyecto parece la reacción a las últimas elecciones europeas, así como a las encuestas de intención de voto, que evidencia la existencia de una oposición política fragmentada, pero que, aliada en conjunto, podrían arrebatarle, por primera vez en muchos años, algunos de los Ayuntamientos más importantes estratégicamente.


A tanto llegan las urgencias, que incluso se obvian las recomendaciones del Código de buenas prácticas de asuntos electorales del Consejo de Europa, que no ve con buenos ojos realizar estas reformas con un margen no superior al año, ni, por supuesto, sin contar con un consenso político de envergadura.

Pero es que, además, cuando argumentan que las posibles coaliciones de minorías privan a esa mayoría relativa de ciudadanos que han optado por la lista más votada de elegir al Alcalde que deseaban, se olvidan con total ligereza del artículo 140 de la Constitución, que establece un “sufragio universal, igual, libre, directo y secreto”, en el que se eligen concejales y después, “los Alcaldes serán elegidos por los concejales”.

Lo dicho, se pongan como se pongan, esta reforma electoral es una auténtica forma de golpe de Estado. Si algunos piensan que no todo vale en una mayoría absoluta, éste es el mejor ejemplo.


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Políticos católicos y taurinos excomulgados... (y ni siquiera lo saben)

En España, destacados políticos católicos, practicantes y de misa habitual, amparan las corridas de toros casi como si les fuera la vida en ello. Aunque detrás haya evidentes motivaciones económicas, ellos defienden esta singular tradición tan sangrienta blindándola, incluso, con la categoría de Bien de Interés Cultural. Y es curioso, porque esa misma religión de la que alardean y a la que unen con tanta frecuencia a los trajes de luces, condenó en su momento esa fiesta tan bárbara. Y lo hizo en el año 1567, nada más y nada menos, que por mano del Papa Pío V (Pontífice y santo), que indicaba en su Bula “De Salutatis Gregis Dominici” que decretaba la “EXCOMUNIÓN A PERPETUIDAD” a cualquiera que organizara o participara en espectáculos en los que se luchara con toros.

El “antitaurino” Pio V, se refería, literalmente, a “(…)esos espectáculos en que se corren toros y fieras en el circo o en la plaza pública que no tienen nada que ver con la piedad y caridad cristiana, y queriendo abolir tales espectáculos cruentos y vergonzosos, propios no de hombres sino del demonio, y proveer a la salvación de las almas, en la medida de nuestras posibilidades con la ayuda de Dios, prohibimos terminantemente por esta nuestra Constitución, que estará vigente perpetuamente, bajo pena de excomunión y de anatema en que se incurrirá por el hecho mismo (ipso facto), que todos y cada uno de los príncipes cristianos, cualquiera que sea la dignidad de que estén revestidos, sea eclesiástica o civil, incluso imperial o real o de cualquier otra clase, cualquiera que sea el nombre con el que se los designe o cualquiera que sea su comunidad o estado, permitan la celebración de esos espectáculos en que se corren toros y otras fieras es sus provincias, ciudades, territorios, plazas fuertes, y lugares donde se lleven a cabo”. Llegaba incluso a afirmar, respecto a los piadosos toreros que “si alguno de ellos muriese allí, no se le dé sepultura eclesiástica”.

Quizás no lo saben, como probablemente tampoco sepan que la Excomunión rige a perpetuidad, sin que ningún Pontífice posterior tenga facultad de anular una Bula. Pero, además, ni siquiera se ha hecho, por parte de la Iglesia, mención expresa de retirarla o la ha descalificado.

Con la Iglesia han topado. O así debería ser, según su cacareada conciencia, de no ser porque ésta, junto con la dignidad y otras virtudes que en teoría deberían adornar al buen político, se encuentra cerrada bajo siete llaves en las mismas cajas fuertes que se refrescan en Suiza.



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